Se me tergiversa la lengua, se me hace añicos. Oigo como choca cada parte de ella entre la muchedumbre de mi ciudad. Levanto un edificio de veinte plantas, allí me encuentro la primera palabra que dije y murió en el aire. La recojo y la meto entre las hojas de mi costillas.
Le digo: Palabrita, palabrita mágica, ¿cuando fuiste lo que eras, llegaste a ser algo?
- Fui hasta que llegué y me recogieron. Soy una gota que se evapora con el calor.
Ando, ando, ando tanto. Ando. No paro. No quiero parar. Se me vuelven a gastar los pies. No puedo hablar. Quiero mi lengua. Quiero mis palabras vomitadas en el océano de mi complicación. Entre mis calles mojadas de lametazos.
Hay un banco del recuerdo y allí sentada está la segunda forma semántica que se cayó de mis labios.
El sol brilla esta tarde sobre la plaza de la memoria, y permanezco inmóvil junto a mi segunda palabra. Tengo sed. Me la bebo, engullo la substancia que se había perdido y paso a transformarla en jugo gástrico. Me entra tanta ansia... que decido beberme el banco, la plaza y el sol. Y acabo con todo lo del rincón del recuerdo.
Adiós.
En un piso vacío me despierto de la siesta. Tengo el estomago pesado. Me siento indigesta. No hay luz. No hay nada. No hay suelo. No hay ventanas. No hay paredes. No hay techos. No hay puertas.
Sí, estoy ahí. De verdad, es un espacio extraño. Pero existe.
Te lo aseguro. Créeme.
Es un apartamento bien grande. Pero no hay nada. Sólo el concepto.
De acuerdo.
Me preguntarás: ¿y su contenido?...
Y, ¿a ti que te importa?.
Me pinto de él, mis poros lo absorben y vuelve a mí el silencio de la palabra NADA, que me acoge entre sus muros invisibles. Vuelve a ser mía. Y ya casi puedo hablar.
Pero me acabo de dar cuenta de algo muy importante;
... Sólo puedo recuperar parte de mi máquina de las palabras.
Miro hacia el horizonte y atardece tras un día en el que he devorado la luz que me iluminaba. Entre las ventanas de los edificios cercanos se refleja el reflujo de mi garganta. Agarradas, en las ramas de los árboles de humo, diviso moléculas de mi lengua dispersas y enganchadas entre las verdes hojas sobre las que escribo.
Y pensarás: ¿ cómo vas a hacer ahora para volver a hablar?, ¿qué va a ser de ti sin ti?
Pues te contesto que ya sé que no puedo recumerarme de este grave accidente. Así que para que lo sepas, he sembrado una voz en cada espacio fértil de mi huerta. Y abajo, he cavado hasta siempre. Siempre. Siempre. Siempre. Sieeeeempreeee.
Cuando broten sus frutos, lanzarán sus semillas a ese fondo hecho de eco. Para que así vuelvan a mí. Sin remedio.
A mí álbum de saliba germinal.
letyrejas — 01-05-2006 12:47:47
mOnSe — 04-05-2006 19:11:32
mOnSe — 05-05-2006 21:33:58
Elia — 21-05-2006 12:58:57